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La tersa piel de Santa Clara


La tersa piel de Santa Clara
El carrito de compras en la tienda de abarrotes de Coronado, estaba apertrechado con todo lo necesario para disfrutar de un apacible y soleado día de playa, lejos del ruido de la ciudad y de su estresante tráfico. La prolongada espera por conocer uno de los rincones panameños "privilegiados por la sabia naturaleza", se acercaba a su fin.

Escasos kilómetros antes del poblado de Río Hato en plena carretera Panamericana, un desvío al costado izquierdo conduce a Playa Santa Clara. Por un estrecho pero verde camino, enormes y frondosos árboles se yerguen entre modestos lotes de tierra, dedicados al cultivo de frutales y la cría de animales de granja.

Al final de la vía asfaltada el risueño rostro de un lugareño da la bienvenida,   de manera autómata recita las diferentes alternativas y los precios para disponer de los servicios de: estacionamiento, comidas, duchas y sombrillas. Estas facilidades han surgido de manera impulsiva, respondiendo a los requerimientos mínimos de confort que cualquier visitante pudiese esperar, para hacer de su paseo a Santa Clara una experiencia acogedora.

El azul del cielo se confunde con las turquesas aguas del Pacifico, es necesario prestar mucha atención para divisar la tenue línea que hace las veces de horizonte. El impetuoso oleaje a medida que se aproxima a la orilla va perdiendo velocidad y fuerza, acariciando finalmente con sus burbujeantes aguas la dorada arena. La suavidad de ésta da la sensación que fuese harina, las conchas marinas y restos de coral son casi imperceptibles, porque los procesos erosivos datan de miles de años. La playa es privilegiada, ya que la mano transformadora del hombre pareciese no haber dejado hasta el momento infortunados desechos en ella.

Tres niños con la piel embadurnada de pies a cabeza con protector solar 50, no logran llegar a un acuerdo para levantar un castillo de arena; creen  escoger el lugar más conveniente,  pero cuando pareciese que lo logran, las cálidas aguas del mar desmoronan su "ambicioso proyecto de ingeniería". Se notan tan contrariados, que optan por aventurarse en la búsqueda de un cofre pirata repleto de joyas de la corona española, tesoro que solo existe en sus pequeñas y prodigiosas mentes creativas.

Una esbelta rubia con la piel color carmesí (lo más seguro por una excesiva exposición al sol meridiano), disfruta su plácido recorrido a orillas del mar. Cada pisada se deja guiar por las sutiles huellas dejadas por docenas de hambrientos Playeritos (ave característica de la zona), quienes corretean grácilmente por la arena en búsqueda de pequeños artrópodos, cuyas espumantes guaridas quedan al descubierto al momento que las aguas del mar se retiran. Pocos logran escapar solo por un momento de las aves voraces, los playeritos rezagados aprovechan su lentitud y perseverancia. La naturaleza definitivamente da para todo y para todos.

# 6611
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: 02/11/11
Fecha de publicación








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